Oaxaca en números.
Alberto Benítez Tiburcio
La semana pasada, el INEGI publicó los resultados de la Encuesta Intercensal 2025. El documento parece una colección de cifras, pero cuenta algo más serio. México está envejeciendo, tiene menos hijos y crece con menor velocidad. Oaxaca avanza en la misma dirección, aunque lo hace desde una posición mucho más frágil, con bajos ingresos, rezago educativo, servicios públicos insuficientes y una desigualdad que todavía decide quién estudia, quién trabaja y quién cuida.
Conviene distinguir. El censo de cada década busca contar a todas las personas y viviendas. La encuesta intercensal trabaja con una muestra, aunque esta vez fue gigantesca pues, por ejemplo, en Oaxaca abarcó el 99.8 por ciento de los hogares. El alcance territorial fue prácticamente total.
México llegó a 130.9 millones de habitantes. La edad mediana subió a 32 años y la fecundidad cayó a 1.2 hijos por mujer, lejos del 2.1 necesario para el reemplazo generacional. Esas cifras anuncian el final del país de las familias numerosas y la abundancia de jóvenes.
Oaxaca permite mirar ese futuro con mayor crudeza. El estado tiene 4 millones 169 mil habitantes. Son apenas 37 mil más que en 2020. Su crecimiento anual fue de 0.2 por ciento, frente a 0.7 por ciento en el país. La población prácticamente se detuvo porque nacen menos niños, muchos jóvenes emigran y cada vez hay más personas mayores.
La fecundidad oaxaqueña pasó de 2.2 hijos por mujer en 2019 a 1.4 en 2024. Sucedió en sólo cinco años. Por ahora puede reducir la presión sobre escuelas, pero después vendrá la parte difícil. Habrá menos jóvenes para trabajar, generar ingresos para sus familias, pagar impuestos y sostener las pensiones, la salud y los cuidados de una población longeva.
Las personas de 65 años o más ya representan 11.5 por ciento de la población estatal, frente a 10.1 por ciento en México. Oaxaca envejece antes de haber construido un sistema de bienestar capaz de acompañar el envejecimiento de la población. La diferencia importa. Los países desarrollados primero acumularon infraestructura, empleos formales y seguridad social. Nosotros podemos llegar a viejos sin haber resuelto todavía el agua potable, la atención médica o el ingreso básico de miles de hogares.
Alguien tendrá que absorber ese costo. Casi siempre será una mujer. Oaxaca tiene la mayor proporción femenina del país. Las mujeres son 53 por ciento de la población, frente a 51.9 por ciento en México. Sin embargo, sólo 37.5 por ciento participa en la actividad económica. Entre los hombres oaxaqueños la proporción llega a 69.7 por ciento.
Esa distancia no se explica por falta de capacidad. Millones de horas femeninas se consumen cocinando, limpiando, acompañando enfermos y atendiendo a personas dependientes. El envejecimiento hará más pesada esa jornada. Cuando no hay estancias de día, atención domiciliaria o servicios accesibles de rehabilitación, la familia se convierte en hospital, asilo y red de protección. Dentro de la casa, la responsabilidad suele recaer sobre una hija, una esposa o una nuera.
El costo queda oculto. Aparece en mujeres que trabajan doble, abandonan el empleo, pierden ingresos y llegan a su propia vejez sin pensión. La falta de un sistema de cuidados ya está ampliando la brecha de género. Dentro de diez o veinte años veremos el resultado completo.
La información sobre salud anticipa otra fractura. En 2020, el 46.2 por ciento de la población oaxaqueña acudía a centros de salud y hospitales públicos cuando necesitaba atención. En 2025 la proporción cayó a 33.7 por ciento. Mientras tanto, el uso de consultorios privados y de farmacia subió de 26 a 35 por ciento.
Uno de cada tres oaxaqueños termina recurriendo a servicios privados o anexos a farmacias. Sería ingenuo leerlo como señal de prosperidad. La gente paga porque necesita resolver rápido, porque no encontró medicamentos, porque la unidad estaba lejos o porque esperar varias horas significa perder el salario del día.
El problema crecerá con la edad de la población. Un consultorio de farmacia puede atender una infección menor. Difícilmente puede dar seguimiento durante años a una persona con diabetes, hipertensión y deterioro renal. La atención fragmentada retrasa diagnósticos, complica enfermedades y termina llenando las urgencias hospitalarias con pacientes más graves. Lo que hoy parece un ahorro público será mañana una factura mucho mayor.
Sólo 42 por ciento de los jóvenes de 18 a 24 años asiste a la escuela; además, Oaxaca entra en la economía digital con menos jóvenes y con muchos de ellos fuera de las aulas. Apenas 57.9 por ciento de las viviendas dispone de internet. A escala nacional la proporción llega a 75.7 por ciento. Para miles de estudiantes, hacer una tarea, recibir una consulta o completar un trámite todavía depende de una señal precaria y de los datos disponibles en un teléfono.
La desigualdad oaxaqueña tiene además una geografía muy difícil de gobernar. La mitad de la población vive en localidades de menos de 2 mil 500 habitantes. En México ocurre con 21.4 por ciento. Llevar médicos, escuelas, agua y conectividad a comunidades pequeñas y dispersas cuesta más. Durante décadas esa dificultad terminó convertida en excusa.
Sólo 49.5 por ciento de las viviendas oaxaqueñas tiene agua entubada dentro de la casa, frente a 82.4 por ciento en el país. El 10.9 por ciento carece de drenaje. Casi cuatro de cada diez hogares cocinan con leña o carbón. Cuando falta agua, alguien debe acarrearla. Cuando se cocina con humo, alguien lo respira durante horas. De nuevo, la carga suele tener rostro de mujer.
Oaxaca ocupa el segundo lugar nacional en hogares que reciben ingresos de programas públicos. Son 56.9 por ciento, frente a 41.4 por ciento en México. Las transferencias alivian necesidades reales, pero nunca sustituirán políticas públicas para la generación de empleo. Un subsidio ayuda a sobrevivir el mes pero no puede ser sustituto de una clínica que funcione, una escuela de calidad o una red de agua.
Aún hay margen para cambiar el rumbo. Oaxaca necesita construir un sistema público de cuidados, recuperar la atención médica de primer contacto, mantener a sus jóvenes en la escuela y llevar conectividad real a las comunidades. La encuesta no predice una catástrofe. Advierte que el tiempo se está agotando.

