La revancha de las mayorías
Hay libros que no sólo se leen, se vuelven herramientas para entender el momento que vivimos. La era de la revancha, de Andrea Rizzi, es uno de ellos. La política contemporánea en el mundo ha dejado de discutirse en términos de presupuestos, impuestos o crecimiento, para vivirse en clave de agravio.
En el fondo de muchas democracias hay una sensación persistente de abandono. No es una metáfora. Es una experiencia social concreta. Durante décadas, la política —o al menos, cierta forma de entenderla— se concentró en variables agregadas: crecimiento, inflación, estabilidad fiscal. El éxito se medía en porcentajes y curvas. Mientras esos indicadores mejoraban —o eso nos decían—, amplios sectores de la población quedaban fuera de la conversación: más pobres, cada vez más lejanos del centro de decisión; más invisibles, más prescindibles.
Ese es el punto delicado: el neoliberalismo, en su versión más ortodoxa, no sólo fue una política económica; fue una forma de ordenar las prioridades públicas. Al privilegiar lo macroeconómico como criterio casi exclusivo de racionalidad, terminó por desatender lo que no cabe en una hoja de cálculo: la pertenencia, la dignidad, el reconocimiento. No es extraño que, con el tiempo, haya producido no sólo desigualdad, sino resentimiento. El resentimiento, cuando se acumula sin cauce institucional, muta en otra cosa: en sentimientos de revancha.
La revancha no es una ideología; es un impulso. Es la respuesta de quienes se sienten ignorados, desplazados o utilizados. Es la decisión de voltear la mesa, no necesariamente para construir un orden nuevo, sino para castigar el anterior. Las clases populares, las grandes mayorías, encontraron en ese impulso una forma de hacerse oír. Lo hicieron con los instrumentos disponibles: el voto, la protesta y el castigo a las élites. No es un fenómeno marginal, sino uno de los motores de la política contemporánea en el mundo.
De esas circunstancias emergen los populismos, ya sea de izquierda o de derecha. No llegan al vacío. Llegan a ocupar un espacio que otros dejaron. Capitalizan la distancia entre élites y mayorías, simplifican conflictos complejos y ofrecen una narrativa emocionalmente satisfactoria: alguien tiene la culpa, alguien nos ha olvidado, alguien debe pagar. En ese proceso, la democracia deja de ser un sistema de reglas y contrapesos para convertirse en un instrumento de reivindicación y castigo. El constitucionalismo —que nació para limitar el poder— empieza a verse como un obstáculo; los derechos humanos universales, como un privilegio individualista e incómodo.
El mecanismo es reconocible en distintos registros ideológicos. En Estados Unidos, Donald Trump convirtió el malestar de sectores desplazados en un relato de reivindicación contra élites, instituciones y acuerdos internacionales. En Venezuela, el chavismo —y su prolongación bajo Nicolás Maduro— tradujo desigualdades reales en una lógica de confrontación permanente que terminó por erosionar los propios límites institucionales que decía defender.
Hay otro ingrediente que intensifica esta dinámica: la arquitectura de las plataformas digitales. No es un detalle técnico, sino un factor estructural. Las redes sociales no están diseñadas para deliberar, sino para provocar reacción. Premian la indignación, la simplificación y la certeza inmediata. El matiz pierde, la duda incomoda, la complejidad no circula. La polarización deja de ser sólo desacuerdo y se convierte en animadversión. El adversario deja de ser alguien con quien se discrepa para convertirse en enemigo.
En ese clima está prosperando el ventajismo. No es simplemente oportunismo ni cálculo político. Es una ética torcida: la idea de que las reglas valen sólo cuando convienen al propio grupo y que cualquier abuso es aceptable si beneficia a los propios. El ventajismo convierte la ley en instrumento de facción, no en límite; la justicia, en argumento, no en principio. Bajo su lógica, no importa cómo se gana, sino que se gane. Todo exceso encuentra justificación en la pertenencia a un grupo.
Pero ese mecanismo no se sostiene sólo por quienes lo ejercen. Requiere, también, de una mayoría silenciosa que observa, tolera y, en ocasiones, incluso celebra los abusos mientras no le afecten directamente o mientras perciba que, de alguna forma, participa de sus beneficios. Esa mayoría no milita, no decide, no confronta. Acompaña por inercia, por conveniencia o por fatiga. Es ahí donde aparece la imagen incómoda: la de los indiferentes.
En distintos países, con distintas lenguas y banderas, se repite el mismo patrón: una ciudadanía que, ante el avance del ventajismo y la erosión de las reglas, opta por mirar a otro lado. No siempre por ignorancia. A veces por cálculo y conveniencia; otras, por desencanto. El efecto es el mismo: la normalización del abuso, la degradación de lo público, la pérdida de sentido de la vida democrática, donde la deliberación es esencial.
El resultado es una forma de relativismo político, acompañada de sus respectivas posverdades: la de quien deja de creer que las reglas importan, que la verdad cuenta, que la deliberación vale la pena. La política deja de ser un espacio de construcción democrática para convertirse en un campo de disputa partisana y convenenciera.
Leer, en ese contexto, es un ejercicio de rebeldía. Obliga a detenerse, a matizar, a pensar contra uno mismo. En tiempos de reacción instantánea, es casi un acto de resistencia. Quizá por eso, más que nunca, resulta necesario.

