La revancha contra la meritocracia
Alberto Benítez Tiburcio
Hay una objeción al argumento de mi artículo anterior sobre la revancha de las mayorías. No basta decir que las mayorías están resentidas ni que la democracia se ha convertido en un mecanismo de castigo. Hay que preguntar antes: ¿quién produjo ese resentimiento?, ¿quién cerró los cauces de representación política?, ¿quién convenció a millones de personas de que su precariedad era culpa suya?
Porque el resentimiento no nació solo. Durante décadas fue madurando una pedagogía del abandono: el Estado se retiró, los partidos se parecieron demasiado entre sí, la economía dejó de generar movilidad real y el discurso público sustituyó la justicia por una consigna brutalmente simple: “échale ganas”.
El neoliberalismo no sólo reorganizó mercados. Reorganizó la imaginación moral de la sociedad. Nos enseñó a mirar la desigualdad como resultado del esfuerzo individual y no como consecuencia de estructuras profundamente desiguales. Si alguien triunfaba, era por mérito. Si alguien fracasaba, era por falta de talento, disciplina o carácter. Así se despolitizó la pobreza. Así se volvió privada una derrota que era social.
Michael J. Sandel lo explica con claridad en La tiranía del mérito: la meritocracia no sólo distribuye premios; distribuye dignidad. Produce soberbia entre los ganadores y humillación entre quienes quedan atrás.
La meritocracia no es simplemente una promesa incumplida. Es una forma de dominación moral. A quienes nacieron lejos de la riqueza, de las redes, de la buena escuela, del apellido correcto o del código cultural dominante, se les dijo que todo dependía de ellos, que bastaba el esfuerzo individual.
Pero no basta. La igualdad real depende mucho más del origen que del mérito. Depende del barrio, de la escuela, del ingreso familiar, de los contactos, del tiempo libre, de la salud, de la seguridad y del capital cultural heredado. El mérito existe, desde luego, pero nunca opera en el vacío. Siempre corre sobre una pista inclinada.
De ahí la rabia. No sólo contra las élites, sino contra una cultura entera que llamó “superación” a la supervivencia y “fracaso” a la exclusión. El viejo “échaleganismo” fue más que una frase motivacional: fue una coartada. Permitió al poder lavarse las manos. Si no llegaste, fue porque no trabajaste lo suficiente.
Así se rompió la solidaridad social. Una sociedad que convierte todos los destinos en responsabilidad individual termina perdiendo la capacidad de compadecer. El pobre deja de ser víctima de una estructura injusta y se vuelve sospechoso de su propia pobreza.
Esa doctrina produjo una sociedad hiperindividualista, desconfiada y seca. La meritocracia, cuando se vuelve religión civil, destruye la empatía social.
Por eso los populismos encontraron terreno fértil. No inventan el agravio: lo traducen. Llegan cuando la política institucional ya no escucha, cuando las élites pactan entre sí aunque compitan en público y cuando las urnas ofrecen opciones distintas sólo en apariencia.
Entonces aparece alguien que dice: “ustedes tenían razón; nos traicionaron”. La frase puede venir de la derecha o de la izquierda. Puede usar bandera nacionalista, retórica popular, lenguaje religioso, discurso antiimperialista o rabia contra los migrantes. El mecanismo es el mismo: tomar una herida real y ofrecer una salida emocional.
Por eso, una crítica democrática seria no puede limitarse a condenar la furia de las mayorías. Tiene que mirar también a quienes la hicieron inevitable: la corrupción normalizada, el nepotismo, las alianzas de cúpula y la criminalización del Estado social.
Desde esa perspectiva, el problema no es que el pueblo se haya vuelto irracional. El problema es que durante demasiado tiempo se le pidió paciencia mientras otros acumulaban privilegios. Se le pidió moderación mientras otros practicaban el exceso.
La democracia llega entonces a un punto de agotamiento. No porque la gente odie votar, sino porque sospecha que votar ya no basta. Chile, Argentina, Estados Unidos, Venezuela, Europa: con diferencias enormes, el patrón aparece una y otra vez. Cuando los cauces ordinarios no corrigen la desigualdad, la elección se vuelve un plebiscito emocional. No se vota sólo por un programa. Se vota contra alguien. Contra una élite. Contra una época. Contra una humillación.
Ese es el riesgo: que el legítimo reclamo de dignidad sea capturado por liderazgos que no quieren democratizar el poder, sino concentrarlo en “nombre del pueblo”. Por eso no hay que temerle al enojo popular. Hay que temerle a su manipulación. El enojo puede ser una energía democrática si se convierte en organización, derechos, comunidad, Estado social e instituciones incluyentes. Se vuelve peligroso cuando deriva en culto al líder, desprecio por las reglas y permiso para abusar “ahora que nos toca”.
El desafío democrático consiste en reconstruir confianza sin mentir. No con sermones desde arriba. No con nostalgia tecnocrática. No con desprecio al pueblo cuando vota con rabia. La única salida seria es volver a hablar de justicia material, dignidad, comunidad, trabajo y futuro compartido.

