Opinión 

El comentario de hoy, jueves 11 de agosto de 2022

Michel Foucault, historiador, sociólogo y filósofo francés, fue tal vez uno de los pensadores más reconocidos del Siglo XX. Fue durante 15 años, maestro del elitista y prestigiado Colegio de Francia. Su obra escrita es inmensa. Y los temas otro tanto. Pero hay una obra que desde hace tiempo tuvo un gran impacto en el entorno científico: “La vida de los hombres infames”. Para ello, su autor hizo una investigación de años en bibliotecas, archivos médicos, judiciales, prisiones y hospitales psiquiátricos, todo ubicado en la vida de sujetos atípicos en el Siglo XVIII del país galo.

“Se trata -dice el autor- de personajes sin duda miserables, de excesos, una mezcla de sombría obstinación y perversidad, en los que se percibe la maldad y el encarnizamiento”. Lo preocupante es el despertar de apetitos criminales en personas presumiblemente sanas y honorables. Obvio, no vamos abordar aquí un tratado de criminología o algo parecido, tema de especialistas, menos en un país fustigado por cerca de 125 mil homicidios dolosos, sino de un tema en el que nuestro estado y Puebla, se llevan las palmas: los linchamientos.

Hacer justicia por propia mano, a veces con el sacrificio de inocentes, se ha convertido en los últimos tiempos en una constante entre la sociedad que, presume, que cualquier acción criminal debe medirse con el rasero de la impunidad. No se trata de validar acciones de delincuentes, novatos o consumados, sino de advertir a las instancias de seguridad y justicia, el riesgo que implica que una voz, llevada por la ignorancia, el fanatismo o la mojigatería, lleve a una turba a cometer las peores aberraciones.

Una investigación periodística revela que en los últimos 35 años se han cometido en Oaxaca al menos 90 linchamientos. La tendencia mayor es infligir las peores torturas para ultimar a presuntos delincuentes a golpes o incinerarlos vivos. Casos recientes revelan que hay una fijación para actuar de esa manera. Hace décadas en Tehuantepec, delincuentes que habrían dado muerte a un médico de San Blas Atempa para robarle, fueron sacados de la cárcel municipal y quemados vivos. Igual suerte corrió un delincuente sorprendido robando en Santiago Matatlán o dos sujetos que fueron quemados en Macuilxóchitl. Y la lista sigue.

La semana pasada un presunto ladrón fue linchado a golpes en Trinidad de Viguera. Y seguramente esta forma silvestre y arcaica de la Ley del Talión o pena de muerte de facto seguirán, hasta en tanto las instituciones de justicia busquen resarcir en la sociedad el espíritu de la vigencia del Estado de Derecho y el castigo a quien infrinja la norma. Mientras ello no ocurra, no faltará el oficioso que traiga el galón de gasolina y el otro que prenda fuego o tire la primera piedra. (JPA)

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