Rubén Vasconcelos: Oaxaqueño ejemplar
A Juan Pablo y Rubén, buenos amigos
Ayer murió RUBÉN VASCONCELOS BELTRÁN, Cronista de la ciudad de Oaxaca, ex rector de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” (UABJO), ex director de Cultura y Recreación hace algunos sexenios, ex diputado local, conductor de un programa culturaL, miembro del Seminario de Cultura Mexicana, Sección Oaxaca, pero sobre todo, un acucioso investigador que consagró su vida y obra a Oaxaca. Prolífico historiador, el devenir contemporáneo no se puede entender sin la lectura de los siete tomos de “Oaxaca, ciudad para vivirla y para contarla”, cuyo tomo VII publicó recientemente y que recoge sus colaboraciones semanales, desde hace al menos cuatro décadas, en el diario EL IMPARCIAL de Oaxaca.
Hasta el último día de su vida, salvo su gravedad reciente, el maestro RUBÉN nunca dejó de escribir y de trabajar; de conservar viva la memoria de ésta nuestra abotagada capital oaxaqueña, de la que llegó a saber de personajes, monumentos, historias, tradiciones y leyendas. Historiógrafos contemporáneos e investigadores universitarios a menudo recurrían a él para recopilar datos de pasajes perdidos. Dos de sus obras recientes, además de la antes mencionada: “Crónicas, costumbres, tradiciones e historias” y “Fuego vivo, historia de la herrería en la ciudad de Oaxaca”, revelan la dedicación y disciplina del fallecido Cronista de la Ciudad.
Sin duda pues, VASCONCELOS BELTRÁN deja para las generaciones actuales y futuras, un riquísimo legado bibliográfico, que reflejan su amor por el terruño, por el barrio donde nació, por los portales del zócalo y las canteras de Santo Domingo, Catedral o la Sangre de Cristo. Todo ello fue retratado con una prosa excepcional, llana, sin retruécanos, con vocación didáctica, sencilla, más que la tosudez del sabio. Hoy, el maestro RUBÉN descansa en paz, con la tranquilidad y la modestia de quien siempre vivió de su trabajo, con honestidad y como un ciudadano más que jamás se rindió a los oropeles del reconocimiento público, sino con la humildad del nito que pudo recoger lo que pocos han hecho: la grandeza de esta tierra milenaria, a veces pisoteada por la ignorancia o el encono.
VASCONCELOS se fue, justo cuando Oaxaca vivía una de las peores tragedias de su historia: el odio exacerbado de unos contra otros y los empeños soterrados de que ninguno por sí o en multitud, vale más que esta reserva espiritual de México –como le han llamado algunos- que pese a todo, vivirá siempre como la expresión del México profundo. (JPA)

