Crónica Política (60) – ¿Psicópatas en la Política Mexicana y Latinoamericana?
Oswaldo GARCÍA CRIOLLO
En la conversación pública mexicana se ha vuelto común escuchar que “muchos nuestros políticos están mal de la cabeza”. La frase expresa frustración, enojo e incluso desesperanza. Pero ¿qué tan cierta es?
Desde la psicología clínica, la psicopatía es un trastorno poco frecuente que implica ausencia profunda de empatía, manipulación sistemática, incapacidad de sentir culpa y una notable frialdad emocional. No es simplemente mentir, ser ambicioso o tomar decisiones impopulares. Este es el punto clave, hay políticos psicópatas sin duda.
Diagnosticar a un político a distancia clínica sería irresponsable. Sin embargo, lo que sí puede observarse es la presencia de ciertos rasgos de personalidad que la psicología denomina parte de la “Tríada Oscura”: narcisismo, maquiavelismo y frialdad estratégica. Estos rasgos no constituyen necesariamente una enfermedad mental, pero pueden resultar funcionales en entornos de alta competencia por el poder. Al margen de lo anterior, les menciono las 6 características principales de los psicópatas, van:
- Encanto superficial y locuacidad, suelen ser carismáticos y persuasivos.
- Egocentrismo y grandiosidad, exageran su capacidad e importancia.
- Falta de empatía, no entienden ni respetan a los demás.
- Falta de remordimiento o culpa, hacen daño y lo ven normal.
- Manipulación y engaño, dicen mentiras y falsedades, saben fingir.
- Impulsividad y falta de planeación, no ven consecuencias y solo improvisan.
Ahora bien, en sistemas donde el estado de derecho es débil, la impunidad es alta, la rendición de cuentas es rara y la polarización intensa, la política tiende a premiar perfiles duros, confrontativos y poco sensibles al desgaste moral. No siempre se trata de psicopatía clínica, pero sí de personalidades con gran tolerancia al conflicto y baja sensibilidad al costo social de sus decisiones.
La diferencia clave está entre liderazgo fuerte y liderazgo destructivo. Un líder fuerte puede tomar decisiones difíciles, pero respeta las instituciones y asume responsabilidad. En cambio, un liderazgo con rasgos psicopáticos erosiona las reglas del juego, divide deliberadamente a la sociedad y convierte la política en una lucha permanente contra enemigos reales o imaginarios.
Quizá la pregunta correcta no sea si los políticos mexicanos son psicópatas, que muchos lo han sido y son, sino qué tipo de comportamiento incentiva nuestro sistema político. Mientras la mentira no tenga consecuencias, la polarización rinda dividendos electorales y el poder no encuentre contrapesos efectivos, ciertos rasgos de personalidad seguirán siendo políticamente rentables.
El problema, entonces, no es sólo psicológico. Es institucional.
Este fenómeno de la psicopatía es un fenómeno en la política latinoamericana. O como entender a Fidel Castro, Anastasio Somoza, Hugo Chávez, Perón, Evo Morales, Ortega o mexicanos como Santa Anna, Huerta, Calles, Echeverría, etc. La psicopatía podría ser el inequívoco germen de los caudillos.
Hagamos un ejercicio. Analicemos a los expresidentes mexicanos desde Echeverría hasta Amlo y Claudia. Y en los estados a sus recientes gobernadores. Yo me atrevo a decir que pocos se salvan de este mal de la personalidad. Los malos resultados de sus gestiones son quizá un indicador seguro para encontrarlos. Hacen mucho daño.
(Pilón: precios comparados en las economías de EU y México. Con un salario mínimo de $34 mil pesos un gringo puede comprar 1,900 litros de gasolina a 14 pesos, precio promedio allá. Acá con el salario mínimo más alto de 13 mil pesos, que es el fronterizo, solo compras 600 litros a 24 pesos litro en promedio. Esto si en las gasolineras mexicanas te dan litros completos.)

