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Crónica Geopolítica (58) – La Comuna de París: la revolución que duró 72 días y vive en la memoria

OSWALDO GARCÍA CRIOLLO

Del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871 se desarrolló, en pocos días, una experiencia sociopolítica revolucionaria para todas las épocas. Precedió a la Revolución Francesa iniciada en 1789. París, la capital de Francia, una ciudad con 1 millón de habitantes, fue el escenario de un auténtico poder popular. Pero el contexto era adverso en una Europa dominada todavía por poderes centrales, absolutistas e imperiales. Poco antes, en 1870, había nacido la III República Francesa que presidía Adolphe Thiers después de la caída de nuestro conocido Napoleón III. En esta columna la recordamos como un hecho histórico digno de estudio.

En la primavera de 1871, París vivió uno de esos raros instantes en que la historia parece detenerse, respirar, y ensayar un futuro distinto. La Comuna de París no fue simplemente una revuelta, ni un episodio más de agitación política: fue el primer intento moderno, aunque breve, de que una gran ciudad europea fuera gobernada directamente por su pueblo. Duró apenas setenta y dos días, pero su eco ha atravesado más de un siglo como símbolo, advertencia y promesa.

El contexto era dramático. Francia acababa de sufrir una derrota humillante frente a Prusia. El Imperio de Napoleón III se derrumbó, París quedó sitiada, hambrienta, exhausta. En medio de la crisis, el nuevo gobierno francés, instalado en Versalles, buscó rendirse, restaurar el orden y desarmar a la población parisina, que se había organizado en la Guardia Nacional. Pero el 18 de marzo de 1871 ocurrió lo inesperado: los soldados enviados a confiscar los cañones del pueblo se negaron a disparar. La ciudad se levantó. El gobierno huyó. París quedó, por primera vez, en manos de sus habitantes. Nacía así la Comuna.

Lo extraordinario de la experiencia comunera fue su carácter profundamente democrático y social. No se trató de un golpe militar, sino de un autogobierno popular. Se eligieron representantes revocables, se redujeron privilegios, se intentó construir una administración al servicio de los trabajadores. En pocas semanas se impulsaron medidas adelantadas para su tiempo: suspensión de rentas atrasadas, apoyo a los pobres, separación entre Iglesia y Estado, educación laica, cooperativas obreras en talleres abandonados. Las mujeres participaron con fuerza inusual en la vida política y en la defensa de la ciudad, anticipando luchas futuras. Durante esas semanas, París no solo combatió: soñó. Fue una ciudad atravesada por una energía moral intensa, como si por un momento la sociedad hubiera creído posible reinventarse desde abajo. La Comuna fue, en ese sentido, menos un régimen consolidado que un relámpago político: una visión fugaz de otra forma de poder. Pero .sola.

La Francia rural no la siguió. Las provincias desconfiaban de París. Versalles conservaba el aparato estatal, los recursos financieros y la legitimidad internacional. La Comuna, además, careció de tiempo y de una estrategia militar decisiva. No marchó sobre Versalles cuando pudo. No tomó el Banco de Francia, dejando al enemigo el control económico. Sus dirigentes, aunque heroicos, estaban divididos entre socialistas, anarquistas, republicanos radicales. La revolución parisina nacía en condiciones de improvisación extrema.

El desenlace fue brutal. En mayo de 1871, el ejército de Versalles entró en París. Siguió la Semana Sangrienta: combates calle por calle, barricadas desesperadas, ejecuciones masivas. Decenas de miles fueron asesinados o deportados. La Comuna fue aplastada no solo como experiencia política, sino como advertencia: el orden existente no toleraría semejante desafío. Y sin embargo, la derrota no extinguió su legado. La Comuna se convirtió en mito universal. Fue la primera forma histórica del poder obrero. Una imagen de autogestión. Para la izquierda mundial, una memoria de esperanza y martirio. Su fracaso enseñó que una revolución puede ser aplastada; su existencia demostró que también puede nacer. Tuvo una docena de dirigentes, hombres y mujeres, menciono a los más destacados: Louis Auguste Blanqui, Louise Michel, Gustave Courbert, Natalie Lemel, etc.

La Comuna fue un futuro que apareció demasiado pronto. Duró setenta y dos días en el calendario, pero más de ciento cincuenta años en la imaginación política del mundo. Es posible que Lenin y los bolcheviques aprendieran de esa gesta para no repetir sus errores. Y quizá por eso sigue fascinando; porque en su brevedad trágica se encierra una pregunta eterna: qué pasaría si, alguna vez, el pueblo gobernara realmente su destino. Algo que la Democracia postula, pero rara vez se concreta cabalmente.

(Pilón: la revocación de mandato tuvo hace días su primer ejemplo estatal en Oaxaca. El proceso electoral estuvo manchado de insuficiencias, manipuleo y derroche. Para algunos fue un avance, para otros una simulación). Lo qué si es cierto, sin duda, es su daño a la 4T).

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