El comentario de hoy… martes 9 de febrero de 2016

Se ha convertido en un escándalo nacional la postura enérgica de grupos de ambientalistas, que han impedido que siga la destrucción del manglar de Tajamar, ubicado en Cancún, Quintana Roo, presuntamente otorgado por el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (FONATUR), a grupos empresariales para un desarrollo inmobiliario. La devastación de poco más de 78 hectáreas, ha despertado la conciencia mundial, ante la muerte de especies y la destrucción de ecosistemas. La televisión, los medios impresos, las redes sociales y otros, se han dado vuelo para festejar la suspensión que otorgó un juez de distrito.
La lucha por la conservación de los ecosistemas, del medio ambiente, de la fauna y la flora, lo único que nos queda aún en pie para proteger a las generaciones futuras del cambio climático, ha sido un despertar de consciencias en todo el mundo. Ya no es fácil derribar árboles impunemente, matar o traficar especies en vías de extinción. Algo nos ha unido a todos: salvar el planeta de tanta depredación, de la contaminación y la polución de ríos, mares y sistemas lagunares. Desde la más tierna infancia se enseña a los niños, la protección del medio ambiente y lo que nos espera de seguir esa destrucción infame.
Sin embargo, había que preguntar a nuestros grupos ambientalistas en Oaxaca, ¿qué han hecho para proteger la brutal depredación de nuestros bosques; de la explotación masiva y sistemática de la madera, que ha dejado zonas completas convertida en paisajes semidesérticos y eriales? Es ya parte del escenario cotidiano ver camiones cargados de trozos de madera, circular por la misma capital del estado. Había que preguntarse quién otorgó las concesiones y por cuánto tiempo, para peinar materialmente nuestra riqueza forestal.
Las medidas punitivas que instrumentan algunas dependencias federales como la SEMARNAT o la PROFEPA se vuelcan, pero no sobre los grandes saqueadores sino en aquellos que cortaron en sus parcelas dos o tres árboles para hacer leña o postes para sus viviendas o corrales.
La única acción que hemos visto fue el rechazo a la construcción del Centro Cultural y de Convenciones, en el cerro de El Fortín, más por el tufo del tráfico de influencias que por conservar uno de los pocos pulmones que aún nos quedan en la capital. Vivimos de manera permanente niveles preocupantes de contaminación, por la cantidad de vehículos que entran y salen de la ciudad; por el impresionante parque vehicular que circula en una ciudad planeada por sus creadores hace siglos, para una vida sana de sus habitantes; por el ruido y la contaminación visual. Pero no se atisba por ningún lado la protesta de los ambientalistas o la postura enérgica de las autoridades para impedir que esta situación continúe.

