Opinión 

El comentario de hoy, martes 7 de abril 2020

Los mexicanos estamos hoy en día viviendo en el limbo. Permanecemos en confinamiento domiciliario. Para evitar contagios se han cerrado restaurantes, hoteles, balnearios, playas. La debacle de la industria turística. El quiebre de las empresas. Millones de mexicanos en la fría banca del desempleo. La situación del coronavirus no nos vino como “anillo al dedo”, ni mucho menos es botín político. Menos un chascarrillo o una broma burda. Es, presumo, la antesala de una crisis económica y de inconformidad social insospechadas.

Es absurdo que se pretenda sacar raja política o afirmar que esta crisis sanitaria con miles de muertos en Italia, Francia, España y los Estados Unidos, va a permitir consolidar la transformación mexicana. Es irresponsable no advertir el nulo crecimiento, la falta de un programa económico, la caída brutal de los precios del petróleo, las expectativas dramáticas en el empleo, la falta de confianza en las inversiones. ¿En qué país vivimos, que no advertimos la pulverización del bono democrático?

No es con dádivas, becas, bonos o demás políticas paternalistas como se solucionará la debacle de un país. Menos con discursos superficiales y desafortunados. Mensajes que han sido motivo de la ironía en cartones de los periódicos y escándalo mundial. La ceguera, la banalización de un país que, si bien anheló mejores tiempos, se está encaminando a un callejón sin salida. Para el gobierno de la Cuarta Transformación todo será pasajero. Quien diga lo contrario es conservador o vocero de la mafia del poder.

Los efectos de la situación sanitaria en los Estados Unidos, se han visto de manera superficial. No se han percibido los coletazos demoledores en millones de mexicanos con la caída de las remesas, que ha propiciado el cierre de miles de empresas en el vecino país. Los ingresos por ese rubro, eran incluso mayores que los del petróleo, cuando el precio del barril de crudo rozaba los 40 dólares. Pretender sacar recursos de los fondos de estabilidad económica y de desastres o desaparecer los fideicomisos, es lo más absurdo que hemos visto los mexicanos. La ignorancia y el protagonismo; la sacralización de la política y la mitomanía, sin pecar de fatalista, pueden llevar al país a escenarios que nadie quiere ver. Esta crisis y lo que viene, afectará paradójicamente a los más pobres. Es una tristeza que todo se siga viendo desde la perspectiva de una eterna e interminable campaña política, de la ideología, de la polarización del pueblo mexicano y no con los ojos fríos de los hombres de Estado, responsables con su tiempo y su circunstancia. (JPA)

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