Opinión 

El comentario de hoy, martes 17 de agosto 2021

Cuando creímos que lo peor de la pandemia había pasado, la llegada de una tercera ola, con una capacidad inaudita de contagios y letalidad, nos ha llevado, como sociedad, por los caminos de la zozobra y el temor. Escenas ya vistas de hospitales saturados; de enfermos que permanecen en sus casas, a su suerte; de personas maduras y jóvenes que sucumben derrotados por el mortal virus o la escasez de oxígeno para pacientes que lo requieren, han vuelto con singular fuerza.

En medio de esta emergencia, cobró vida la discusión respecto al regreso a clases. El gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador ha dispuesto el retorno presencial a partir del próximo 30 de agosto. En tono poco coloquial ha dicho que ello se hará: “truena, llueva o relampaguee”. Hay sectores que apoyan esta instrucción, como es el caso del propio Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación -el SNTE-. Pero sus adversarios no.

Desde el fin de la primera ola, hubo opiniones en favor. El regreso a clases fue visto como un pivote para la reactivación de la economía. Una lenta vuelta a la normalidad. El fin del confinamiento de niños, niñas y jóvenes, afectados por la soledad, el ensimismamiento y la ausencia de convivencia. Una vuelta al salón y el término de las clases virtuales, que han generado diversos efectos colaterales en la salud física y mental de los educandos.

No es un secreto que, en las comunidades rurales, con el ardid de la falta de conectividad a internet; con el argumento de que la pobreza no ha permitido la adquisición de tabletas, computadoras o televisores, muchos maestros del sistema educativo oficial, han abdicado por completo de su responsabilidad. Al atraso de 40 años por la constante movilización del magisterio disidente, hay que añadir los 17-18 meses que llevamos de pandemia.

En sentido contrario al oficialista SNTE, su contraparte, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación -la CNTE-, ha mostrado una negativa tácita para el regreso a clases. Amén de nuestra crítica, tampoco le hace falta razón. Estamos en uno de los picos más altos de contagios. Si antes considerábamos que los niños y jóvenes eran inmunes al mal, la realidad nos ha demostrado lo contrario. Los padres no arriesgarán a sus hijos a contraerlo. La visión del gobierno federa ha sido calificada de irresponsable. En esta disyuntiva hay que reconocer la solución salomónica de buscar un regreso a clases responsable y mesurado, a través del consenso entre autoridades educativas, maestros y padres de familia. Es cierto, la educación es un eje fundamental para la propia formación del individuo. Hay que correr riesgos para no afectarla más. Pero también comparto la filosofía de que lo primero es la salud y la vida de quienes participan en el proceso educativo. (JPA)

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