El comentario de hoy, jueves 27 de febrero 2020

Hay historias de vida tristes, pero pocas como las de nuestros migrantes. La migración, es de todos sabido, es un fenómeno mundial. La foto de un niño sirio ahogado, luego de que naufragara la lancha en la que cruzaba el Mediterráneo acompañado de su familia y que yacía inerte en una playa europea, fue tendencia mundial. Igual la del padre salvadoreño con su pequeño hijo en brazos, ambos ahogados en el Río Bravo, se convirtió en un ícono de la migración mundial.
El llamado gobierno de la Cuarta Transformación inició abriendo la frontera sur, con el ardid de apoyar a nuestros hermanos de Centroamérica. Es más, hasta se dijo que se les daría empleo. Hoy las cosas son diferentes. Los flujos migratorios se han reducido por la política instrumentada a raíz de las presiones del gobierno norteamericano y su amenaza de construir un muro. En realidad, el muro a la migración lo ha construido México, con la Guardia Nacional evitando las caravanas y el paso de centroamericanos hacia nuestro país, en ruta hacia Estados Unidos.
Son muchos los factores que inciden en que la gente abandone su país. La pobreza, la violencia o la guerra, son algunos. Hay países en los que ya no se puede vivir. Millones de muertos ha dejado la guerra en Siria y la migración del Medio Oriente o del Magreb árabe ha tenido que detenerse con políticas restrictivas en Europa. En nuestro país, Oaxaca ha contribuido, desde hace mucho tiempo a incrementar la mano de obra ilegal, pero generando riqueza en nuestro vecino del Norte.
Así, la pobreza, la desesperanza y el rezago histórico en que se encuentra su comunidad, orilló a las hermanas: Juana, Margarita y Paula, a abandonar sus hogares, a sus padres y a sus hijos en la agencia “El Jicaral”, municipio de Coicoyán de las Flores, uno de los más rezagados y pobres del país, para ir en busca del “sueño americano”. Hace unos días, las tres murieron por hipotermia en la frontera con los Estados Unidos. En 2019 murieron en diversas circunstancias al menos 180 paisanos nuestros. Hasta la semana pasada, ya sumaban 34. Y es que cada cuando se dan estos casos, dolorosos, lacerantes, escuchamos de parte de las autoridades sólo buenas intenciones. Habrá programas sociales, apoyos al campo y creación de empleos, para arraigar a los paisanos a sus comunidades. Lo cierto es que, del discurso a los hechos, hay una gran distancia. Ya hemos visto la posición del gobierno federal en torno a los feminicidios y al asesinato de menores de edad. ¿Qué podemos esperar para nuestros hermanos que día a día, a veces con más miedo que esperanza, buscan una mejor calidad de vida, aunque en el trayecto encuentren la muerte? (JPA)
