El comentario de hoy, jueves 17 de junio 2021
Los procesos electorales son, en un ambiente como el nuestro, el caldo de cultivo de la polarización y la fractura social. Si bien es cierto que, entre las reglas de la democracia participativa, el voto mayoritario es quien define quién triunfa y quién pierde, a veces la diferencia mínima de sufragios conlleva disputas, litigios, presiones en contra de los árbitros electorales y, el final, distritos o municipios prácticamente partidos en dos. Y el encono se percibe a flor de piel.
Con bombo y platillo se festinan los triunfos municipales. El erario es visto como legado familiar. El gobierno de la comuna, como si fuera motivo de herencia. La política vista desde la perspectiva patrimonial. Un ejemplo lo tenemos hoy mismo en Santa Cruz Xoxocotlán, municipio cercano a la capital. Pero no es el único. Está también el Partido del Trabajo que es, un abominable retrato de familia. Los partidos, financiados con nuestros impuestos, convertidos en negocios rentables de sus patronos. La infame venta de candidaturas; los cochupos y la corrupción.
Hay en ciertos partidos una casta divina. Los viejos especímenes son los mismos que van en una y otra elección. Como en el cuento de Horacio Quiroga, abren los codos para no dejar pasar a las nuevas generaciones. En el PRI, por ejemplo. Son las mismas caras las que fueron hace diez o quince años. Y han vuelto por sus fueros en las últimas elecciones sólo para perder. Tampoco es un atributo exclusivo del tricolor. Los de izquierda adolecen del mismo mal.
Ser legislador federal, local o edil, es visto desde la perspectiva del crecimiento económico y beneficio personal. Aquello de los compromisos, promesas de campaña, apoyo a los más pobres y toda esa retahíla de demagogia, es sólo parte de la trama. Son el medio no el fin. Por eso hay una soterrada oposición a rendir cuentas; a la transparencia. El confort, el mullido sillón de mando también produce amnesia. De consumidores de los puestos de tlayudas devienen los más experimentados gourmets. Ya no el incómodo camión de pasajeros. Sólo avión y en primera clase. Un cambio de estatus radical que les hace perder el piso.
La pasión desbordada que hace a nuestros pueblos polarizarse y enconarse en cada elección, choca de frente con aquellos que, con el apoyo ciudadano, llegan al cargo para no voltear la cara jamás hacia su gente. Y ésa es una realidad irrebatible. Lo hemos visto a lo largo de nuestra historia inmediata. Pero somos incapaces de exigirles que rindan cuentas. (JPA)

