El comentario de hoy, jueves 7 de julio 2016

En los grandes debates nacionales, la transparencia y la rendición de cuentas han ocupado un lugar preponderante. La opacidad, la discrecionalidad y la simulación ya no caben en un país que, se presume, trata de caminar a grandes trancos en su ruta hacia la democracia. Hay que hacer pública la vida pública, decía en la década de los setentas, don Daniel Cosío Villegas, uno de los intelectuales más sólidos y congruentes que ha tenido nuestro país.
Los juicios orales o del Sistema Acusatorio Adversarial, ya están en marcha, dejando atrás la discrecionalidad de los juzgadores y fiscales para aplicar la ley de manera subjetiva, a conveniencia o con el móvil del embute y el soborno. Las deliberaciones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación o del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, las podemos ver en vivo y por televisión. Son abiertas y públicas.
¿A qué se debe pues que las mesas de diálogo, digamos entre la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación –la CNTE- y la Secretaría de Gobernación, sigan con los viejos esquemas de la secrecía y no se hagan públicas? Hay entre la sociedad civil una inquietud: la mejor manera de que el pueblo en general apoye o valide las causas que se asumen justas de parte de quienes reclaman ciertas demandas, es que se sepan.
Hace unos años, antes del 21 de julio de 2015, cuando el Estado recuperó el IEEPO de manos de la Sección 22; cuando aún se sabía de acuerdos vergonzosos entre el gobierno estatal y el magisterio; cuando se hablaba de cientos de millones de pesos otorgados a fondo perdido para satisfacer la voracidad de los dirigentes, permeó en la sociedad civil, la exigencia de que todos los acuerdos o diálogo fueran públicos, abiertos, sin simulaciones ni opacidad. ¿Será que la transparencia es concebida como un atentado a los derechos humanos de la CNTE?
Porque resulta una incoherencia que en sentido contrario a los preceptos de la democracia, sus principales promotores, sean quienes pretendan seguir en la oscuridad y la incongruencia. Hay que atentar en contra de las empresas trasnacionales, pero ahí compran sus vehículos de lujo; hay que descalificar al gobierno represor, pero es quien les paga puntualmente su quincena; hay que atacar al gobierno neoliberal, pero se busca el confort que éste proporciona. O hacer realidad aquella frase emblemática de atacar con la izquierda, pero cobrar con la derecha, como hacen muchos aliados hoy del magisterio, cuyas trapacerías son parte del anecdotario colectivo. Saquearon y expoliaron el presupuesto público de esta administración, pero quieren exhibir poder, para que el siguiente gobierno los incorpore al Edén presupuestal. ¡Vaya cinismo! (JPA)
