El comentario de hoy, jueves 28 de abril de 2016
Hace más de cincuenta años, el filósofo rumano, avecindado en París, Emile M. Cioran, dio una sentencia demoledora: “El peor vicio de la democracia –dijo- es permitirle a cualquiera aspirar al poder y darle libre curso a sus ambiciones. De ello resultan muchos fanfarrones y locos, tan inadecuados para el triunfo como para la derrota”.
En ocasiones anteriores hemos insistido en un tema: el sistema de partidos políticos en México, se ha desgastado. Ante la sociedad se ha perdido credibilidad. Ya no representan una alternativa para el ciudadano. Estar en un partido y al día siguiente estar en otro, ya es común. Nadie tiene el menor reparo de apoyar un día al sistema vigente y al día siguiente cuestionarlo. Por ello hay desbarres, lapsus verbales. Es difícil tener años con el mismo discurso y de la noche a la mañana, cambiarlo.
Hay un síndrome que algunos curiosos han denominado del chapulín: brincar de un puesto a otro. Quien fue diputado local quiere ser presidente municipal o viceversa; el que fue diputado federal ahora quiere ser local. Se reproducen los sujetos; se recrean los vicios. Cambiar de partido no sólo representa un acto de absoluto cinismo, incongruencia o falta de consistencia ideológica, sino del insano propósito de estar dentro.
La ética política y el decoro ya no existen. Tuvo razón aquel famoso personaje conocido como “El Alazán Tostado”, Gonzalo N. Santos: en política como en la vida cotidiana, “la moral es sólo un árbol que da moras”. La celeridad y el protagonismo; la ausencia de principios; la superficialidad con la que los partidos políticos asumen la entrada de unos y la salida de otros, es parte de esa trama que ha desencantado a la sociedad.
Tal vez por ello, candidatos y partidos optan por los lugares comunes: ya no vale la propuesta –o las sobadas promesas de siempre- sino la descalificación, el denuesto, magnificar los errores, los desaciertos. Las redes sociales se han convertido en los instrumentos idóneos del escarnio público y la diatriba política. No ha sido fortuita nuestra insistencia en que las campañas deben ir más allá de los moldes de antaño. Elevar la calidad; hacer del proselitismo un eje de la confianza ciudadana en las instituciones políticas y del deseo sincero de cambiar el estado de cosas.
Es urgente alentar la civilidad y dejar de ver la política sólo como un instrumento del beneficio personal. La abominable venta de candidaturas en algunos partidos; el soslayo con el que se ven a los jóvenes; la necesidad de blindar a candidatos y campañas de la intromisión de los grupos criminales, sigue siendo para algunos dirigentes como un llamado a misa, del que bien se puede hacer caso omiso. Que no se diga que en Oaxaca se alienta la kakistocracia, ese término que creara el politólogo italiano Michelangelo Bovero, para identificar al gobierno de los peores. (JPA)

